vegetariano

Decidir algo tan trascendental como cambiar la forma de alimentación que se trae desde la infancia, dejar de comer carne y dedicarse en exclusiva a la dieta vegetariana es algo que, en muchos casos, requiere un camino largo y progresivo. Al punto de que algunos ni siquiera terminan de recorrer esa senda, y entonces se convierten en “vegetarianos eventuales“, personas que básicamente siguen una alimentación sin carne pero que, en determinadas circunstancias, la aceptan en su dieta. Veamos las características principales de esta vertiente poco ortodoxa pero, en Occidente, bastante más numerosa de lo que se pensaría en primera instancia.
EL MOMENTO DE LA DECISIÓN
Decir que el ser humano está biológicamente preparado para subsistir y desarrollarse con una dieta de frutas y vegetales es, justamente, una verdad biológica. Pero el hombre también es en esencia un ser social y espiritual, y es en estos terrenos donde esa aseveración debe ser tomada con una mayor amplitud para no caer en errores de concepto.
Para dar un ejemplo muy concreto: una persona occidental que desciende de una familia que ha sido carnívora por generaciones (es decir, casi cualquier persona occidental) no debería decidir de un día para otro hacerse vegetariano, porque hay muchos factores que están más allá de una decisión sólo mental: tiene información genética que lo impulsa a alimentarse con carne, tiene una conformación biológica que necesita lo que sus genes le piden, y además vive en una sociedad de la que en algún punto tendrá que apartarse para poder llevar adelante esa decisión.
CAMBIAR EL CUERPO, CAMBIAR EL SER
En el aspecto físico, es aconsejable que la transición sea moderada, Privar de golpe al organismo de una proteína -la de la carne vacuna- a la que está acostumbrado, que no sólo lo hace tener determinada conformación física sino hasta pensar y actuar de determinada manera, y que además no es directamente reemplazable por proteínas de otro origen, es un cambio profundo que puede traer inconvenientes y desórdenes momentáneos.
Por eso nunca el vegetarianismo debe tomarse sólo en un aspecto teórico o filosófico. Necesita un basamento sólidamente plantado en la salud física.
El abandono de las carnes rojas es quizá más rápido porque se las puede reemplazar en principio con carnes blancas. Estas, luego, van dejando paso a los reemplazos vegetales (si todo esto no fuera un cambio tan profundo para un occidental, seguramente nadie hubiera pensado en hacer “hamburguesas” de soja, que de algún modo remedan la alimentación carnívora).
Pero este proceso de adaptación física implica tiempo. Y allí se entra en plena etapa de “vegetarianismo eventual”. Se acepta volver eventualmente a comer carne, en muchos casos acicateados por circunstancias sociales.
UNA NECESARIA ADAPTACIÓN SOCIAL
No puede hablarse del vegetarianismo como una opción abstracta, ni de la decisión de practicarlo como una alternativa obvia por sus extensos beneficios. Porque de hecho no es una tendencia masiva en Occidente, y eso de por sí nos dice que hacerse vegetariano significa, hay que decirlo así, pasar a integrar una minoría, con lo que a veces eso implica en nuestra sociedad.
Quien pasa a una dieta vegetariana tiene que acomodarse socialmente a este hecho. Tiene amigos, quizá de hace mucho tiempo, que no comparten esta tendencia, y con los cuales comenzará a haber algunos “cortocircuitos”; un caso típico: las invitaciones a cenas o celebraciones.
Aquellos asados a la parrilla que solían compartir en grupos numerosos se convierten en un escollo a sortear. Porque, de hecho, compartir una mesa no es tan solo conversar, comer la misma comida suele ser parte importante de la comunión amistosa. Y entre el grupo hay una persona que, de asistir, deberá procurarse una vianda distinta. Hay, en principio, una separación.
Claro que esto no debería ser visto sólo desde lo externo, lo superficial; pero hay que reconocer que ese es el primer nivel de las relaciones. Hay que superarlo para pasar a un análisis más profundo donde pueda verse que el cambio producido en esa persona no conspira contra lo estrecho de esa amistad; en todo caso, al contrario. Pero los otros a veces no ven los cambios de un amigo como apertura que puede enriquecer la amistad, sino simplemente como algo que los aleja. En un nivel teórico esto no tendría por qué ser así; pero la vida cotidiana no suele manejarse por teorías sino por sensaciones marcadas por el entorno social y la cultura. Y en la cultura occidental, un amigo que ya no puede compartir un asado se torna una relación incómoda.
LA SEGUNDA DECISIÓN
Ante estas situaciones de los primeros tiempos de un vegetariano, la alternativa es hacerse flexible y ejercitar la comprensión de los otros, que no son “culpables” de no compartir la decisión que se ha tomado respecto de la alimentación. De este modo, también el entorno comenzará a entender que el nuevo vegetariano no se hizo de pronto “extraño”: sigue siendo la misma persona a la que se unían por lazos profundos, que no sólo no cambian sino que se pueden hacer más amplios y dinámicos.
Toda esta etapa es la que está signada por el vegetarianismo “eventual”: aún se comparte alguna comida con carne, en especial socialmente. A este tiempo le sigue una segunda decisión, que es la de profundizar el vegetarianismo o bien, como puede verse en numerosos casos, permanecer en lo eventual.
Esta opción, si bien no refleja estrictamente la filosofía vegetariana, no debe ser minimizada. Porque, se trata de una persona que decidió vivir una vida más sana y tiene una conducta vegetariana en un 90 por ciento, mientras que -por razones que van desde lo social hasta lo biológico, pasando por lo psicológico- se siente mejor con ese 10 por ciento de posibilidad de incorporar la carne cuando lo considere oportuno. ¿Una minoría dentro de una minoría? Quizá. Y por eso mismo tan respetable.